Inteligencia Emocional

01-10-2020

El término “inteligencia emocional” fue acuñado por Salovey y Mayer en 1990, que definieron el concepto como la capacidad de monitorizar las emociones propias y ajenas, de diferenciarlas y de usar esa información para guiar nuestro pensamiento y nuestras acciones.

Sin embargo fue el psicólogo e investigador Daniel Goleman quien amplió y popularizó este concepto definiéndolo como la capacidad de reconocer nuestros sentimientos y los de los demás, de motivarnos y de gestionar positivamente nuestras emociones, tanto interiormente como en las relaciones sociales.

 

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A partir de esta definición se deduce que la inteligencia emocional implica el ejercicio del autoconocimiento, del autocontrol,  de la motivación,  así como de la capacidad de adaptación y la práctica de la empatia. Todo ello debería conducirnos a conseguir confiar en nosotros mismos, ver el lado constructivo de las situaciones y ser más hábiles en nuestras relaciones.

 

Goleman categoriza las competencias en “personales” y “sociales”. Las primeras son

 

1. El autoconocimiento, es decir la capacidad de reconocer nuestras emociones, saber cuáles son nuestros límites y nuestros recursos, confiando en nuestras capacidades.

Si lo pensamos bien, normalmente no hay razón objetiva para no tener seguridad en nosotros mismos. Lo que en cambio es frecuente es que no nos conozcamos bien o creamos que nos faltan capacidades. El coaching ayuda a indagar en tí mismo para encontrar esos recursos, fortalecer tus puntos fuertes o aprender habilidades necesarias para tu éxito personal.

 

2. La autorregulación, que precisa la flexibilidad de dominar nuestros estados internos, de saber canalizar -que no reprimir- los impulsos, de adaptarnos bien a nuevas situaciones.

Es posible aprender a manejar nuestros estados y con ello se logra tomar el timón  de nuestra conducta en toda circunstancia.

 

3. La motivación, característica que nos empuja a perseguir nuestros objetivos, aprovechando apropiadamente las ocasiones que se nos presentan, implicándonos con la tenacidad necesaria a pesar de las posibles dificultades.

La motivación se orgina en la obtención de resultados o en la satisfacción de necesidades, en este sentido existen múltiples teorías.

 

La segunda categoría de competencias desarrolladas por Goleman son:

 

4. La empatía, entendida como la capacidad de reconocer y comprender los sentimientos de los demás, no sólo para mejorar las relaciones sino también para ayudarle a desarrollar sus recursos personales.

Tener empatía implica ser capaz de identificar y favorecer las oportunidades que nos ofrece el hecho de relacionarnos con distintos tipos de personas, lo cual es de suma importancia en las interacciones dentro de un grupo. No siempre es fácil comprender las sinergias, las corrientes emocionales y las relaciones de poder que existen en un equipo.

 

5. Las habilidades sociales son aquellas que nos permiten obtener información, desarrollar, avanzar, construir… E implican el ejercicio de un intercambio orientado a obtener del interlocutor determinadas respuestas. En este sentido, el arte de la persuasión es entendida como la capacidad de comunicarse de manera clara y convincente para propiciar cambios y resolver conflictos.

Esta habilidad también requiere establecer lazos y crear un clima que permita trabajar por los objetivos comunes. Cualquier persona esta programada biológicamente para tener habilidades sociales, aunque no todas ejercen la habilidad. La buena noticia es que se puede aprender a sacarla a la luz.

 

El desarrollo de una inteligencia emocional y de habilidades emocionales implica a aptitudes para identificar las propias emociones y las de los demás (empatía), comprenderlas y darles sentido, mejorar su regulación (controlándolas, cambiando nuestras respuestas o la intensidad de las mismas), automotivarse y controlar las relaciones con los demás (para el éxito social). Esto supone el dominio de sí mismo y la capacidad de actuar acorde a las metas que nos marcamos.

 

Para ello es necesaria la síntesis de la emoción y la razón, una como movilizadora y otra como guía, moderadora y planificadora de la acción. Sin trabajar en el desarrollo de ambas, no conseguiremos una vida más plena y satisfactoria. En esto estriba el adquirir habilidades para la felicidad. ¿Por qué no tomar conciencia de la importancia de ambas? Los juicios del corazón y de la razón, no se excluyen sino que deben complementarse, siendo los primeros los que antes reducen las opciones ante la toma de decisiones (intuición) y los segundos los que toman las decisiones meditadas (reflexión).

 

La confusión e incompetencia emocional sólo llevan al descontrol y falta de manejo de la propia vida. Y a ello se pueden unir numerosos trastornos y problemas como adicciones, rechazo social, depresión, trastornos de la conducta alimentaria, problemas de aprendizaje, atención y razonamiento…

 

Implicarse en el conocimiento y educación de nuestras emociones supone facilitar aptitudes para la estabilidad, la autoestima, el respeto, la responsabilidad, el autocontrol… habilidades que, hoy en día, se evidencian como necesarias para la autorrealización y para una vida adecuada en sociedad.